La mesa
Cada bocado es un tributo al mar
En Gran Roque no hay supermercado. Lo que se cocina cada día es lo que los pescadores de la isla han sacado esa noche: pargo, mero, caracol y langosta cuando toca temporada.
El resto —la fruta, la verdura, el vino— viaja con nosotros desde tierra firme. Por eso el menú no se cierra con semanas de antelación: se decide por la mañana, cuando ya sabemos qué ha entrado.
Va incluido en la estancia y se sirve en la terraza a partir de las ocho, sin hora de cierre. Fruta cortada, pan del día, arepas, huevos como los pidas y café colado.
Si hay que salir temprano a un cayo, se adelanta o se prepara para llevar.
Los días de cayo se come en el cayo: la lancha sale con nevera, con pescado marinado, ensalada, fruta y agua fría para toda la jornada.
Y si el plan es no moverse, se come en el beach club, con la mesa a la sombra y los pies en la arena.
Cuatro pasos y un solo menú, el mismo para toda la mesa, decidido esa tarde con lo que haya llegado. Se sirve en la terraza cuando el sol ya ha bajado y el calor afloja.
Se encarga por la mañana. Y si un día prefieres cenar fuera, te reservamos mesa en el pueblo.
Risotto de langosta y limón. Cremoso, con el arroz en su punto y un fondo ahumado que sale de asar las cabezas antes de hacer el caldo.
No está siempre: depende de la veda y de lo que traigan esa mañana. Si te apetece, dilo al llegar y lo guardamos.
Cuéntanos qué no comes y ya está. Celíacos, vegetarianos, alergias, niños que sólo quieren pasta: se resuelve en la cocina, no en una carta.
Y si vienes a celebrar algo, la cena puede ser otra cosa: mesa larga en la arena, parrilla en la playa o los cuatro pasos convertidos en siete.
“Aquí se cena tarde, con el mar de fondo y sin que nadie tenga prisa por levantarse de la mesa.”